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Las cuatro exhumaciones de José Antonio

Las cuatro exhumaciones de José Antonio



Franco fue muy explícito en su Orden Ministerial de 14 de julio de 1946, en la que decía que el recinto en construcción en el llamado Valle de los Caídos era para recibir «los restos de caídos en nuestra Guerra de Liberación, tanto si pertenecieron al Ejército Nacional como si sucumbieron asesinados y ejecutados por las hordas marxistas en el periodo comprendido entre el 18 de julio de 1936 y el 1º de abril de 1939, o aun en fecha posterior, en caso de que la defunción fuera consecuencia directa de las heridas de guerra o sufrimientos en prisión». Aunque para 1959 Franco ya había reflexionado y ampliado la gracia de descansar en la Basílica de Cuelgamuros a todas las víctimas de la Guerra Civil fueran del bando que fuesen.
Esto significa que José Antonio tiene todo el derecho a que sus restos reposen allí. Los de Franco, sin embargo, no. Y eso por la normativa que él mismo estableció. Fue poco antes de que muriera cuando el presidente Arias y el marqués de Villaverde concluyeron que su cadáver no fuera inhumado en el mausoleo de Mingorrubio, que el mismo Franco había ordenado construir, sino en el Valle de los Caídos. El Rey asintió, algo lógico en esas circunstancias, y de aquella ocurrencia hemos desembocado, 44 años después, en el espectáculo que hemos vivido esta semana con el presidente Sánchez adjudicándose en los telediarios una victoria históricamente pírrica.
Ahora queda la tarea, más modesta y en absoluto televisiva, de trasladar los restos del fundador de Falange Española desde su lugar presidencial ante el altar mayor a otro discreto de caído raso. Será la quinta vez que el cuerpo momificado de José Antonio Primo de Rivera sea removido de su tumba. Tras su fusilamiento a las 6.20 de la mañana del 20 de noviembre de 1936 en el patio de la cárcel de Alicante, fue tirado a una fosa común, de la que fue exhumado unos dos años después para darle sepultura en el nicho número 515 del cementerio de Nuestra Señora de los Remedios en la misma ciudad, lo que significa una segunda inhumación.
Al terminar la guerra, los falangistas exigieron el máximo honor para su jefe y pensaron que sus restos reposaran nada menos que en el Monasterio de El Escorial frente al altar mayor. Franco, entonces muy apoyado en Falange por consejo de su cuñado y ministro Ramón Serrano Súñer, estuvo de acuerdo en tamaño enaltecimiento. Y así el día 19 de noviembre de 1939 partió de Alicante una fúnebre y espectacular comitiva para recorrer los más de 450 kilómetros que separa la ciudad alicantina de El Escorial. A paso solemne, con relevos «con intermitencias según la pendiente del terreno, entre el frío y alguna injuria del tiempo, con antorchas en la noche, en un silencio espeso roto por algunos vítores y salvas de fusilería, tardaron diez días y algunas horas en llegar a las puertas del monasterio donde esperaba Franco para recibir el féretro que sería prontamente inhumado y allí reposaría por casi 20 años.
Cuatro horas con el ataúd a hombros
En 1959 terminaron las obras de la que sería basílica menor de la Santa Cruz del Valle de los Caídos y los falangistas pidieron trasladar los restos de José Antonio allí para enterrarlos ante el altar mayor. A Franco le pareció bien pero planteó el transporte en furgón funerario y un acto íntimo y familiar. Los falangistas se negaron e impusieron otro traslado a hombros que, por la distancia en el tiempo y en kilómetros, resultaría un remedo de la gran marcha del 39. Y el 30 de marzo de 1959, dos días antes de inaugurar el monumento, miembros de la Vieja Guardia de Falange cargaron con el ataúd por turnos durante las cuatro horas que tardaron en realizar el recorrido. Pero esta vez no estaba Franco esperándolos, porque temía una encerrona en forma de abucheos.
En 1957 se había producido un drástico cambio ministerial en el que los falangistas salieron perdiendo a costa de los tecnócratas que se hicieron con el control de la Economía. Y querían mostrarle públicamente su disgusto. El Generalísimo, alertado, se zafó de la trampa y José Antonio fue inhumado por cuarta vez sin su presencia. Y desde entonces a hoy ahí queda lo que queda de aquel al que llamaron el Fundador y también el Ausente. Aunque al pronunciar su nombre en ritual, se contestaba a voz en grito: «¡Presente!». Y efectivamente hoy en día vuelve a estar presente en la memoria histórica del Gobierno que va a exhumarlo e inhumarlo por quinta vez. Posiblemente sean los restos más movidos de cualquier personaje histórico.



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Author : (Joaquìn Bardavío)

Publish date : 2019-10-27 01:29:02

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